JOSE APARICIO PEREZ      El saqueo de tumbas siempre ha sido un negocio pingüe o rentable. Los muertos ni protestan ni alborotan. Su lugar de reposo está aislado o, por lo menos, poco concurrido y casi siempre el saqueo tiene escasas consecuencias para los delincuentes cuyo castigo se espera en el Más Allá, algo excesivamente lejano para frenar los impulsos delictivos.

             Mucho más efectivo, más disuasorio ha sido siempre el miedo a lo sobrenatural, al desconocido y terrorífico mundo de ultratumba, del que se contaban tantas cosas.

             A pesar de ello los saqueos de tumbas empezaron muy pronto, antes del cambio de Era, y sus consecuencias se prolongaron hasta nuestros días, cuando notamos más sus efectos al privarnos de importantísima y nutrida documentación histórica.

             Hacia principios del séptimo milenio antes de Cristo comienzan los enterramientos humanos de manera ordenada y sistemática, pero hasta mitad del primer milenio a. de C. ni las circunstancias lo propiciaron ni su contenido lo estimuló.

 Desde el año 500 a. de Cristo el aumento demográfico, la mejora climática y tecnológica, las intensas relaciones comerciales, afianzan las comunicaciones y permiten la circulación de técnicas, ideas y objetos valiosos de importación y exportación de la mano de un floreciente comercio. Estamos en plena Cultura Ibérica, que se prolongará hasta el cambio de Era, cuando, con la Romanización, se intensifica lo descrito.

 El mundo de los muertos, sus ciudades, es decir las necrópolis, participan de este momento de esplendor, y desde el siglo VI a. de Cristo se construyen tumbas monumentales y suntuosas que guardan los restos de los difuntos y los innumerables objetos de la vida cotidiana que se consideran necesarios en la vida de ultratumba, en el Más Allá, en el otro mundo. Cuanto más rico se es en vida mejor monumento y mejores objetos, entre los que no faltaban el oro, la plata o el marfil.

 Su contenido excitó la codicia de los más necesitados o de los meros delincuentes y en el siglo V ya se saquen construcciones anteriores, bien sagradas o simplemente funerarias, al tiempo que se destruyen con motivo de la primera revolución social conocida en nuestro extenso pasado.

 lo IV a. de Cristo lo que se saquean son ya tumbas, algunas de ellas construidas con los materiales de las tumbas o de los monumentos saqueados y destruidos en el siglo anterior.

 Ahora se vacía el interior y se esparce el contenido, despreciado, por los alrededores. Se recogen las joyas y objetos suntuarios valiosos y el resto se tira, se esparce por las inmediaciones.

 También se esparcen las cenizas del difunto, porque el rito fue ya la incineración, la cremación del cadáver en una especie de tanatorio al aire libre y en el agujero abierto en la tierra, donde se depositaban las cenizas, se añadía el ajuar funerario.

 El respeto a los muertos, mandato bíblico, ni se cumplió en la antigüedad ni se cumple ahora, esperemos que la Humanidad del futuro lo tenga como regla de oro.

FOTOS: AL CENTRO Y AL FONDO: TUMBAS DEL SIGLO IV A. DE C. CONSTRUIDAS CON RESTOS ESCULTORICOS Y ARQUITECTONICOS DE MONUMENTOS FUNERARIOS  DESTRUIDOS EN EL SIGLO ANTERIOR.

 TROZO DEL CONJUNTO ESCULTORICO DESTRUIDO  (TAL Y COMO LA ENCONTRE ). TAMBIEN SE INCLUYE LA RECONSTRUCCION SUPUESTA DEL CONJUNTO

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